El federalismo europeo de Mijail Bakunin

fuente: Federalismo, Socialismo y Antiteologismo de Mijail Bakunin, Abatir, Biblioteca Virtual de Historia.

(páginas 9-11)

El federalismo

Estamos contentos al poder declarar que este principio ha sido unánimemente aclamado por el Congreso de Ginebra. La misma Suiza, que por lo demás lo practica hoy con tanta dicha, se adhirió a él sin restricción alguna y lo aceptó en toda la amplitud de sus consecuencias. Por desgracia, en las resoluciones del Congreso ese principio ha sido muy mal formulado y no se encuentra sino indirectamente mencionado, al principio, con ocasión de la Liga que debemos establecer y más abajo en relación con el periódico que debemos redactar bajo el nombre de los Estados Unidos de Europa, mientras que según nosotros habría debido ocupar el primer puesto en nuestra declaración de principios.

Es una laguna muy molesta y que debemos apresurarnos a colmar. Conforme al sentimiento unánime del Congreso de Ginebra, debemos proclamar:

1. Que para hacer triunfar la libertad, la justicia y la paz de las relaciones internacionales de Europa, para hacer imposible la guerra civil entre los diferentes pueblos que componen la familia europea, no hay más que un medio: constituir los Estados Unidos de Europa.

2. Que los Estados Unidos de Europa no podrán formarse jamás con los Estados tales como están constituidos hoy, vista la desigualdad monstruosa que existe entre sus fuerzas respectivas.

3. Que el ejemplo de la difunta Confederación Germánica ha probado de una manera indiscutible que una confederación de monarquías es risible; que es impotente para garantizar la paz y la libertad de los pueblos.

4. Que ningún Estado centralizado, burocrático y por eso mismo militar, aunque se llame republicano podrá entrar seria y sinceramente en una confederación internacional. Por su constitución, que será siempre una negación abierta o enmascarada de la libertad, en el interior constituirá, por necesidad, una declaración permanente de guerra, una amenaza contra la existencia de los países vecinos. Fundado esencialmente sobre un acto ulterior de violencia, la conquista, que en la vida privada se llama roto con fractura, -acto bendito por la iglesia de una religión cualquiera, consagrado por el tiempo y por lo mismo transformado en derecho histórico-, y apoyándose en esa divina consagración de la violencia triunfal como sobre un derecho positivo y supremo, todo Estado centralista se presenta por eso como una negación absoluta del derecho de los demás Estados, a quienes no reconoce nunca en los tratados que concluye con ellos más que con un interés político o por impotencia.

5. Que, por consiguiente, los adherentes de la Liga deberán tender con todos sus esfuerzos a reconstituir sus patrias respectivas a fin de reemplazar en ellas la antigua organización fundada de arriba a abajo sobre la violencia y sobre el principio de la autoridad, por una organización nueva que no tenga otra base que los intereses, las necesidades, y las atracciones naturales de los pueblos, ni otro principio que la federación libre de los individuos en las comunas, de las comunas en las provincias[1], de las provincias en las naciones, en fin, de éstas en los Estados Unidos de Europa primero y más tarde del mundo entero.

6. En consecuencia, abandono absoluto de todo lo que se llama derecho histórico de los Estados; todas las cuestiones relativas a las fronteras naturales, políticas, estratégicas, comerciales, deberán ser consideradas en lo sucesivo como pertenecientes a la historia antigua y rechazadas con energía por todos los adherentes de la Liga.

7. Reconocimiento del derecho absoluto de toda nación, grande o pequeña, de todo pueblo, débil o fuerte, de toda provincia, de toda comuna a una completa autonomía, siempre que su constitución interior no sea una amenaza y un peligro para la autonomía y la libertad de los países vecinos.

8. Del hecho de que un país haya constituido parte de un Estado, aunque se hubiera agregado libremente a él, no se desprende de ningún modo la obligación de quedar asociado siempre a ese Estado. Ninguna obligación perpetua podría ser aceptada por la justicia humana, la única que puede constituir autoridad entre nosotros, y no reconoceremos nunca otros derechos y otros deberes que los que se fundan en la libertad. El derecho de la libre reunión y de la secesión igualmente libre es el primero, el más importante de los derechos políticos; sin él la confederación no sería más que una centralización enmascarada.

9. Resulta de todo lo que precede que la Liga debe proscribir francamente toda alianza de tal o cual fracción nacional de la democracia europea con los Estados monárquicos, aun cuando esa alianza tuviese por fin reconquistar la independencia o la libertad de un país oprimido; tal alianza, no pudiendo llevar más que a decepciones, sería al mismo tiempo una traición contra la revolución.

10. Al contrario, la Liga, precisamente porque es la Liga de la paz y porque está convencida de que la paz no podrá ser conquistada y fundada más que en la más íntima y completa solidaridad de los pueblos, en la justicia y en la libertad, debe proclamar altamente sus simpatías hacia toda insurrección nacional contra toda opresión, sea extranjera, sea indígena, siempre que esa insurrección se haga en nombre de nuestros principios y en el interés tanto político como económico de las masas populares, pero no con la intención ambiciosa de fundar un poderoso Estado.

11. La Liga hará una guerra incondicional a todo lo que se llama gloria, grandeza y potencia de los Estados. A todos esos falsos y maléficos ídolos a que han sido inmolados millones de víctimas humanas, opondremos las glorias de la inteligencia humana, que se manifiestan en la ciencia, y de una prosperidad universal fundada en el trabajo, en la justicia y en la libertad.

12. La Liga reconocerá la nacionalidad como un hecho natural que tiene incontestablemente derecho a una existencia y a un desenvolvimiento libres, pero no como un principio, -pues todo principio debe llevar el carácter de la universalidad y la nacionalidad no es, al contrario, más que un hecho exclusivo, aislado. Ese llamado principio de nacionalidad, tal como ha sido planteado en nuestros días por los gobiernos de Francia, de Rusia y de Prusia, y aun por muchos patriotas alemanes, polacos, italianos y húngaros, no es más que un derivatívo opuesto por la reacción al espíritu de la revolución-, eminentemente aristocrático en el fondo, hasta el desprecio de los dialectos de las poblaciones no instruidas, -que niega implícitamente la libertad de las provincias y la autonomía de las comunas, y no es sostenido en ningún país por las masas populares, de quienes sacrifica sistemáticamente los intereses reales a un supuesto bien público, que no es nunca más que el de las clases privilegiadas-, ese principio no expresa más que los pretendidos derechos históricos y la ambición de los Estados. El derecho de nacionalidad, pues, no podrá ser nunca considerado por la Liga más que como una consecuencia natural del principio supremo de la libertad, que contra la libertad sea sólo al margen de la libertad.

13. La unidad es el fin hacia el cual tiende irresistiblemente la humanidad. Pero se hace fatal, destructora de la inteligencia, de la dignidad, de la prosperidad de los individuos y de los pueblos, siempre que se forma fuera de la libertad, sea por la violencia, sea bajo la autoridad de una idea teológica, metafísica, política o aun económica cualquiera. El patriotismo que tiende a la unidad al margen de la libertad, es un patriotismo malo, funesto siempre a los intereses populares y reales del país que pretende exaltar y servir; amigo, a menudo sin quererlo, de la reacción, enemigo de la revolución, es decir de la emancipación de las naciones y de los hombres. La Liga no podrá reconocer más que una sola unidad: la que se constituya libremente por la federación de las partes autónomas en el todo, de suerte que éste, cesando de ser la negación de los derechos y de los intereses particulares, cesando de ser el cementerio a donde van a enterrarse forzosamente todas las prosperidades locales, se convertirá, al contrario, en la confirmación y en la fuente de todas esas autonomías y de todas esas prosperidades. La Liga atacará, pues, vigorosamente toda organización religiosa, política, económica y social que no esté absolutamente penetrada por ese gran principio de la libertad: sin él, no hay inteligencia, no hay justicia, no hay prosperidad, no hay humanidad.


[1] El ilustre patriota italiano Giuseppe Mazzini, cuyo ideal republicano no es otro que la República francesa de 1793 refundida, en las tradiciones poéticas de Dante y en los recuerdos ambiciosos de Roma, soberana del mundo, después revisada y corregida desde el punto de vista de una teología nueva, semi-racional y semi-mística -este patriota eminente, ambicioso, apasionado y siempre exclusivo a pesar de todos los esfuerzos que ha hecho para elevarse a la altura de la justicia internacional, y que prefirió siempre la potencia de su patria a su bienestar y a su libertad-, Mazzini ha sido siempre el adversario encarnizado de la autonomía de las provincias, que desarreglaría naturalmente la severa uniformidad de su gran Estado italiano. Pretende que para contrabalancear la omnipotencia de la República fuertemente constituida bastará la autonomía de las comunas. Se engaña: ninguna comuna aislada sería capaz de resistir al poder de esa centralización formidable; sería aplastada por él. Para no sucumbir en esa lucha, deberá, pues, federarse, en vista de una resistencia común, con todas las comunas vecinas, es decir deberá formar con ellas una provincia autónoma. Además, desde el momento que las provincias no sean autónomas, habrá que gobernarlas mediante funcionarios del Estado. Entre el federalismo rigurosamente consecuente y el régimen burocrático no hay término medio. De donde resulta que la República querida por Mazzini será un Estado burocrático y por consiguiente militar, fundado en vista de la potencia exterior y no de la justicia internacional ni de la libertad interior. En 1793, bajo el régimen del terror, las comunas de Francia han sido reconocidas autónomas, lo que no les impidió ser aplastadas por el despotismo revolucionario de la Convención o más bien por el de la comuna de París, de quien lo heredó naturalmente Napoleón.

 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s